El Femicidio y la Guerra Contra las Drogas

Cruces colocadas en Lomas del Poleo Planta Alt...
Cruces en Lomas del Poleo Planta Alta (Ciudad Juárez, Chihuahua) donde fueron encontrados ocho cuerpos de mujeres víctimas de femicidio en 1996. Via Wikimedia Commons.

Por Juliana Jiménez Jaramillo

La violencia contra las mujeres ha aumentado dramáticamente en la última decada en Latinoamérica, desde México, pasando por Colombia, hasta al sur en Argentina. En 2009, el abuso sexual en los buses de la Ciudad de México estaba tan fuera de control que tuvieron que crear flotas de buses solo para mujeres. Ahora, tirarle ácido en la cara a las mujeres ya no se limita al Medio Oriente; 119 ataques de ácido han sido reportados en Colombia desde el 2010, aunque ese número quizás sea muchas veces mayor, ya que muchos casos no se reportan por miedo y humillación. El mes pasado, una mujer en Bogotá fue golpeada, apuñalada, violada y empalizada, actos que distinguen al femicidio del homicidio en general — y todos estos cada vez más frecuentes.

De acuerdo al New York Times en un artículo reciente,

Ciudad Juárez se volvió infame por una ola de ataques que empezó en los 90s y dejo cientos de mujeres muertas en el curso de una decada. … La atención internacional siguió su camino, pero las matanzas han continuado, con una segunda ola más intensa que la primera. Aun cuando la violencia en general disminuye, siguen apareciendo pequeños grupos de cuerpos de mujeres muertas.”

Recientemente salió un reporte nuevo de parte de las ganadoras del premio Nobel Rigoberta Menchu de Guatemala y la estadounidense Jody Williams, el cual encontró que los femicidios han aumentado en un 257 porciento en Honduras desde el  2002 al 2010, “un periodo de tiempo en el que se duplicó el dinero estadounidense destinado al ejército y la policía,” según CNN. El reporte argumenta que el ejército y la policía en Honduras, México, y Guatemala, los cuales están patrocinados por los EE.UU. y que supuestamente están luchando contra los carteles, son en realidad parte del problema, “cometiendo abusos e incitando a más violencia.” Y aunque los gobiernos reconozcan esto formalmente, dice el reporte, en la práctica hacen muy poco para acabar con la violencia hacia las mujeres.

“En algunos casos, los gobiernos están directamente implicados en la violencia,” escriben Menchú y Williams. “La creciente cantidad de crímenes de violencia extrema y de represión dirigida a las mujeres continua sin investigarse, resolverse o castigarse.”

Ese es el caso de Debora Barros-Fince, una líder de su tribu indigena Wayuu en La Guajira, en el norte de Colombia, a quien conocí en el 2007. Su familia fue asesinada hace ocho años a manos de los paramilitares, con la ayuda del ejercito colombiano —el cual a su vez está respaldado por el gobierno de Estados Unidos a traves del controversial “Plan Colombia,” un plan de regalos y dineros gringos de varias décadas y varios miles de millones para debilitar y acabar con el narcotráfico. La masacre que mató a la familia de Barros-Fince, en su mayoría mujeres, dejó 12 muertos, 20 desaparecidos y cientos de desplazados. Las amenazas de violencia que recibe por hablar sobre la masacre son sexuales y violentas, y las paredes de su antigua casa, la cual tuvo que dejar por la masacre, están cubiertas de dibujos y mensajes obscenos. Este tipo de intimidación se ha vuelto más común en otras partes del país y de Latinoamérica.

Familiares de mujeres asesinadas en Ciudad Juá...
Familiares de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez se manifiestan frente a la Fiscalía Mixta para la Atención de Delitos contra Mujeres. (Photo credit: Wikipedia)

Tradicionalmente, América Latina no es conocido como un bastión de los derechos de las mujeres, pero sin embargo no le va mal en ciertas áreas, a comparación con otros países de tercer mundo. En el 2009, la región tenía una tasa de mortalidad materna envidiable, en segundo lugar sólo después de Europa. Para una cultura que venera a las madres religiosamente (gracias a un Catolicismo culturalmente arraigado y su énfasis en la Virgen María), el aumento alarmante de femicidios es desconcertante, contradictorio e hipócrita, a lo mínimo. El culto a la madre puede tener efectos secundarios positivos, como estimular economías nacionales en el Día de la Madre. Pero en  realidad hace muy poco por eliminar la violencia más tremenda. La cultura podrá vanagloriar la figura de la Madre-Mártir, santa, doliente, pero eso no se traduce a un respeto verdadero por las mujeres que viven en estos países.

Y claro, no sorprende que las mujeres también sean victimas en la escalada de la guerra contra las drogas. En medio de una guerra, y sobre todo una tan sangrienta, todos la llevan. El influjo de dinero, municiones, tecnología y entrenamiento militar  gringo le ha echado leña al fuego, avivando las llamas de un ambiente agresivo, machista, dominado por hombres y para hombres, y ha proveido más herramientas para dejar el respeto por la ley en el piso. Cuando una sociedad retrocede a un estado tal de violencia desgarrada y sostenida, como lo hizo Colombia en los ’80s y ’90s, y la cual México está viviendo ahora, lo peor de la cultura sale a flote, amplificada y con impunidad. Como desfigurarle la cara a una mujer con ácido, y luego culparla, porque “quién la manda a ser tan linda.” 

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